Prepararse para los desastres naturales es a veces una decisión estéril. Sobre todo cuando no hay alertas fiables que aseguren tales augurios. Tomar medidas ante lo inesperado es como aguardar en vano. Las estadísticas hablan, los porcentajes se acumulan, “y nada parece indicar que vaya a pasar algo fuera de lo normal”, te dicen, te aseguran quienes te quieren (amigos y familiares) o los que saben del tema (científicos e ilustrados).

Yo sé lo que es prepararse para una catástrofe venidera; una o varias, porque nunca tuve claro el número (siempre he sido más de letras, incluso para eso). Mis preparativos para lo anunciado, lo especulado, lo temido, sin que fuese el mío un temor racional, así como tampoco un ultra desarrollado sentido de la supervivencia, consistían en fortificarme a mí y a los míos dentro de un búnker antiatómico, antisísmico, antibacteriológico y antiquímico.¿Contra qué amenazas? Pues contra una tormenta solar, por ejemplo, un apagón mundial (pulso electromagnético), una cadena de terremotos, tsunamis o tal vez un espectáculo pirotécnico de volcanes en erupción. Éstas eran sólo algunas. Amenazas siempre hipotéticas, ¿verdad?, porque las certezas tienen corta vida en este mundo dominado por los índices de probabilidad, siempre caprichosos, como vemos. Aunque tales preparativos, los míos, nunca fueron llevados a cabo, resultaron del todo inefectivos a la hora de la verdad; lo hubieran sido de igual modo a pesar de continuar con ellos. Yo no he sido víctima de un terremoto, pero sé lo que es que se te quiebren los huesos, lo que es rebotar contra una pared de ladrillo como una pelota de tenis y abrirte la cabeza contra la acera tras el impacto de un vehículo conducido por un loco al volante. Ese tipo de cosas te recuerdan lo frágil, insignificante y vulnerable que es el hombre cuando aún con todas sus precauciones termina tendido en el suelo con ellas hechas trizas.

tierra seca

Lo de los terremotos en Ecuador y Japón le ponen a uno los pelos de punta. Recuerda con nostalgia, pero no sin cierta rabia, aquellos tiempos en los que, además de pensar en buscar un escondite donde afrontar lo que aún no había ocurrido ni ocurriría (al menos no en forma de desastre natural), pensaba también en cómo evitar que nuestra supervivencia y seguridad no estuviesen tan sujetas a la inestabilidad y azote de los elementos; a la fuerza de la naturaleza; a un par de cifras en la escala Richter. Me preocupaba cómo planificar una vida sin temores imaginarios, originados ante la falta de herramientas y recursos para prever y anticiparnos al desastre. Especialmente a los que son evitables.

Porque según publicaba el Huffington Post ayer, ahora resulta que “El cambio climático podría ser la causa del desplazamiento de los polos”.
En otras palabras, que el eje de la Tierra está cambiando de forma drástica debido al derretimiento de los casquetes polares, haciendo que el movimiento del agua sobre la superficie de la tierra afecte a la distribución de la masa del planeta junto con su eje.

Los terremotos siempre han estado ahí, pero algo me dice que el corrimiento de placas tectónicas no debe ser ajeno a estos desbarajustes planetarios.

Hoy hablamos de Ecuador, también de Japón, pero antes hablamos de Fukushima, en 2011; de Haití, Chile y Sumatra en 2010; de Cachemira, en 2005… y la cuenta sigue tanto en número de países como en muertos y en millones de dólares invertidos en “hacer frente a las necesidades derivadas de la catástrofe” según las propias palabras del presidente de Ecuador, Rafael Correa, tras el incidente del pasado sábado. Porque las vidas humanas pérdidas ya no se pueden recuperar, “y eso es lo que más duele”, concluyó; concluyo, concluimos todos.

Ahora nos toca ser solidarios. Ponernos del lado de quienes padecen, de quienes aún no han sido encontrados y todavía aguardan, con suerte o sin ella (porque la suerte tiende a abandonar a los que sufren de algún modo), a que alguien los encuentre bajo los escombros y puedan volver a nacer en un mundo cada vez más inestable a nivel geológico y climático.

Tal vez vaya siendo hora de comenzar a buscar, no más remedios a nuestros crecientes males, sino mejores planes, recursos de alerta temprana y también de prevención. Porque estoy de acuerdo con eso de que es difícil anticiparse a según qué catástrofes, pero siempre ha sido, es y será posible suavizar las desgracias antes de que ocurran.

Hoy, como siempre en estos casos, nos toca enfangarnos hasta las rodillas buscando cuerpos, rearmarnos, y seguir albergando sospechas de catástrofe donde no las hay hasta que suceden, porque el cuándo y el dónde nunca está claro, pero lo que es seguro es que volverán a ocurrir.

 

Nos vemos la semana que viene


Deja un comentario

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando, entendemos que acepta las condiciones y que está de acuerdo con nuestra política de cookies. ACEPTAR

Aviso de cookies