Acudes a un partido de fútbol.

Lo de esta noche puede ser una masacre, dices en Twitter, por lo de viernes 13. Esperas, como aficionado, que Francia le clave 13 goles a Alemania. Lo posteas, recibes me gusta y algún amigo lo comparte.
«Cuidadito cuando volváis», te escribe tu madre por Whatsapp. Le respondes con un selfie a las puertas del Stade de France con tu novia y tus amigos. Sonriente, feliz… lleno de vida.
Durante el transcurso del partido escuchas una detonación. Piensas en el fondo norte o sur, los graciosos de siempre. Habrán lanzado un petardo, una bengala… pero no se ha marcado ningún gol y eso te extraña.
Escuchas también la ráfaga de un fusil automático por primera vez en tu vida a escasos metros de ti. Ni sabías cómo sonaba eso hasta el día de hoy. Echas a correr por instinto de supervivencia y evacuas el estadio entre empujones y gritos. Ya en la calle, alguien se acerca a ti interrumpiendo tu huida. Es un tipo encapuchado que grita «Alá es el más grande». Apenas tienes tiempo para preguntarte quién es ese Dios, ese desconocido llamado Alá para poner un arma en la mano de aquel fanático que aniquila a todo el que no lo conoce, adora o defiende.
Para cuando piensas en tu familia, ese verdugo con pintas de Jason a lo Viernes 13 —aquellas películas de terror con las que creciste— está ahí, justo delante de ti para apretar el gatillo y matarte con sus puñeteras balas del odio. Esto no es ficción; es la puta realidad.
Uno, dos, tres… cuatro impactos te agujerean el cuerpo, te abren la carne y revientan tus huesos. Te desplomas inconsciente al suelo y allí te desangras lentamente sin saber que ya estás muerto. Porque tu vida es vida mientras la recuerdas y ya no lo haces.

Los políticos y la gente influyente han sido todos evacuados en una operación de emergencia a la altura de su “importancia” y no han tenido tu mala pata de encontrarse con algún terrorista que se autoinmole o dispare al verles llegar.

Allí, tirado en el suelo sobre un charco de sangre, como hijo de alguien alguna vez; padre de unos hijos que llorarán por ti mañana cuando lean en prensa tu nombre; hermano revoltoso de alguien que te quiere en algún lugar de París y amigo de tus amigos, como se suele decir, te convertirás —antes que en ceniza—, en una conciencia muerta que utilizarán en televisión los gobernantes que salieron airosos de la masacre. La verdadera masacre que ellos se perdieron y a la que no asistieron porque se largaron.
Con sus conocidos, repetitivos y estériles mensajes de su lucha por la paz y la democracia tratarán, ya en vano, de sellar los boquetes de tus carnes. Tratarán de justificar sus ineficientes sistemas de seguridad contra quienes te asesinaron en nombre de un Dios que hablaba en árabe ondeando la bandera de la libertad. Pero para ti, que ya no existes más, lo único que ondeará será la fregona con que limpiarán tu sangre del suelo mañana, dejándolo reluciente para el próximo partido de fútbol. Borrón y cuenta vieja. Siempre es la misma historia y siempre los mismos quienes la escriben: los inocentes como tú.

Masacre en ParÍs

13 de noviembre 2015

328 días he tardado en volver a postear en mi blog. La ocasión lo merecía.

PAZ PARA FRANCIA YA. TODOS ESTAMOS EN PARÍS.


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